
Miro a través de la ventana de la habitación desde la que trabajo con el ordenador, frente a ella hay una higuera. Hace apenas un par de semanas solo tenía unos brotes verdes, al poco tiempo unas bolitas y día a día, diría que casi minuto a minuto puedo verlas crecer… en nada serán en un fruto comestible.
Hace frío, el tiempo está muy cambiante. Así es Liébana. Vivo el proceso de cultivo con sentimientos ambivalentes, como casi todo en esta vida, por otra parte.
Cuando introduzco las semillas en su huequito de la bandeja sigo pensando, a pesar de que nunca me han fallado, que no van a prosperar. Disfruto de la maravilla que es abrir el sobrecito, contemplar las distintas semillas, introducirlas a profundidades y distancias distintas según las variedades, mancharme de tierra, echar la vermiculita. Y paso un par de semanas mirando cada poco los semilleros con algo de ansiedad hasta que veo emerger un brote diminuto. Alegría máxima. Saldrán adelante si no me despisto con el agua… la cantidad precisa, el calor… la temperatura precisa.





Hoy me decidí a pasar los cosmos a macetas… me parecía que estaban demasiado altos ya y con riesgo de partirse. Pero, hace frío, la tierra en las macetas estaba muy húmeda, los he metido en el pequeño invernadero… y, ahora, tengo miedo de traumatizarlos, cargármelos por anticiparme y no haber prestado atención a las temperaturas… no sé si meterlos en casa esta tarde-noche. Así todo el rato. Me paso la temporada de cultivo sumida en una especie de monólogo interior, montada en una montaña rusa de incertidumbre y placer, alegría y desasosiego.
Afortunadamente, hasta ahora siempre ha ganado la alegría. Confío en que esta temporada vuelva a vencer y vea convertirse estos brotes de cosmos las flores de nombres maravillosos que anuncian los sobrecitos de las semillas: Rubenza, Cupcakes White, Candyfloss Pink Sunrise…







