
Cerca del Tajo, en soledad amena,
de verdes sauces hay una espesura
toda de hiedra revestida y llena,
que por el tronco va hasta el altura
y así la teje arriba y encadena
que el sol no halla paso a la verdura;
el agua baña el prado con sonido,
alegrando la vista y el oídoÉgloga III, Garcilaso de la Vega
El conjunto que compone nuestro taller, nuestro jardín y nuestro huerto de flores y hortalizas, rodeado de un muro de piedra recubierto de musgo y helechos, es para nosotros mucho más que un espacio de trabajo. Es nuestro hogar, de Justin mi compañero y mío, el lugar en el que hemos elegido vivir y emprender esta aventura y es, sobre todo, un lugar de encuentro y de aprendizaje, exploración y disfrute que cobra sentido en la medida en que pueda visitarse y compartirse.
Un espacio de biodiversidad
Detrás de nuestro proyecto hay una filosofía de vida basada en el contacto con la naturaleza, en el respeto al medioambiente y al ámbito local. Hay una apuesta por un modelo de floricultura y de floristería sostenible y artesanal con criterios de sostenibilidad ecológica (cultivo ecológico, aprovechamiento de todo el ciclo vital de la flor), social (defensa de la igualdad entre las personas y la justicia social) y local (aportar al desarrollo y a la actividad en la zona desde el respeto al ámbito local y a su idiosincrasia, a sus pueblos, su flora y su fauna). Y, por último, hay una apuesta por un modelo de consumo responsable y de cercanía.
Desde el primer día soñé con aportar mi pequeño granito de arena a la biodiversidad de la zona desde nuestro jardín y nuestro huerto. Poco a poco lo fueron habitando borders de vivaces (gauras, salvia gregii, farinacea y leucantha, lavandas, equinaceas, alquileas, cosmos, verbena bonariensis), con la intención de atraer polinizadores. No tardamos en recibir la esperada visita de numerosas mariposas y abejas de variedades que aún no hemos aprendido a identificar, pero que sin duda ese va a ser uno de nuestros próximos objetivos, y pájaros como carboneros, lavanderas, arrendajos, pico picapinos, petirrojos, colirrojos, pinzones, mirlos…).






Me dedico al cultivo de una selección escogida de flor cortada, la que mejor se adapte al ecosistema, en convivencia con las flores autóctonas y las plantas aromáticas y vivaces. Las adventicias tienen también su lugar, aportando biodiversidad a nuestro pequeño ecosistema. La variedad cromática está inspirada en una paleta de colores rosas, malvas, violetas y azules, blancos, melocotones y cremas y granates.
Los tres primeros años del proyecto han sido de aprendizaje y experimentación del cultivo ecológico de las flores que mejor se adapten al entorno del valle de Liébana. He cometido numerosos errores y atravesado algunos momentos de frustración e inseguridad que se han visto, sin duda, compensados por los momentos de plenitud y alegría a medida que el huerto y el jardín se han ido asentando y me ha brindado diversas variedades de flores y arbustos, con enorme generosidad.
Yo misma elijo y compro en invierno las semillas de la cosecha de cada temporada con especial atención a los colores. Los meses de invierno son para dibujar y planificar el huerto de la siguiente temporada, intentando imaginar cómo se van a mezclar y complementar los colores de la nueva cosecha.












Este último año ha sido especialmente bonito para mí. He visto cómo se han consolidado las equinaceas y los echinops (me ha costado dos años), he acertado con las variedades de dalias y sus colores mucho más que otros años, los cosmos han sido muy, muy prolijos, igual que las escabiosas, incluida la stellata que he cultivado por primera vez. Ahora espero con emoción que asomen en un par de meses todos los nacisos, iris y tulipanes que planté en noviembre. Aquí una muestra de la cosecha del año pasado.




Con mis creaciones pretendo transmitir mi sensibilidad y respeto por la naturaleza

