Durante buena parte de mi vida, cada viernes al salir del trabajo me paraba en alguna floristería del barrio para comprar flores. Supongo que era mi manera de celebrar los dos días de ocio y descanso que tenía ante mí y de aportar algo más de belleza a mi pequeño mundo. Diría que se trataba de un gesto casi inconsciente, un divertimento poco meditado. Entonces no podía imaginar que la floristería y la floricultura acabarían siendo mi profesión.
Trabajé durante veinte años en el sector editorial. Nunca había trabajado con las manos hasta que, en 2018, coincidiendo con un momento personal de cambio de rumbo y de auto exploración, se despertó en mí una verdadera curiosidad hacia las flores; sentí la necesidad de aprender sobre ellas y se fue perfilando la idea de dedicarme a la floristería.
El instante de lucidez en el que sentí que quería dedicarme a las flores fue lo más parecido a un flechazo. Quería poner en barbecho lo aprendido hasta entonces, mi profesión de editora y mi activismo, parar y recrearme en la belleza que me ofrecía el medio natural; aprender a apreciar los distintos colores, sus matices y tonalidades, las texturas, los volúmenes. En definitiva, sentí la urgencia de abrirme a los sentidos.
Descubrí que el contacto con la naturaleza, sentir su pulso, concentrarme en las tareas más aparentemente nimias o en las más creativas -según el momento-, el tacto de las herramientas, acariciar los tallos, observar la evolución de cada flor, apreciar los matices de sus colores -dependiendo de la luz y del momento del día y de las otras flores o ramaje que las acompañen-, mancharme de tierra, me daban sosiego y despertaban una parte de mí aún por explorar.
Una pasión escondida que, nunca mejor dicho, empezaba a aflorar.
No tardé en aprender que las flores nunca dejan de sorprenderte. Quería que los siguientes años de mi vida estuvieran dominados por ese afán de descubrimiento y esa capacidad de sorpresa.
En el trayecto que emprendí entonces, tuve la enorme suerte de cruzarme con personas generosísimas que me enseñaron mucho y de toparme, casi fortuitamente, con un estilo, una forma de hacer, que coincidía con mis primeras intuiciones, dándoles forma. Empecé a descubrir de su mano la floristería y la floricultura británicas y decidí que mi proyecto debería inspirarse en ellas. Realicé un curso de formación en la London Flower School y en la escuela de Philippa Craddock en Londres, y un curso de Floricultura orgánica y artesanal con Maren Termens de Horta de la Viola y María de Flores María Gana. Trabajé de aprendiz en el puesto de flores de Flowrs de Leticia Rodríguez de la Fuente en el Mercado de Antón Martín, con Beatriz González Mañero, y aprendí todo lo que sé en materia de cultivo y de floristería en La Vega de Ceres, en Guadalajara de la mano de Leti, su creadora y custodia.
En 2020 a raíz de la pandemia, mi proyecto de emprender un huerto de flor cortada en Liébana se vio truncado. Aproveché aquel año para ampliar mi formación y devorar algunos libros y puedo decir que, en cierto modo, también disfruté de ello.
En otoño de 2020, Rosebud Taller y Huerto de Flores inició su andadura, y desde entonces no he dejado de explorar y aprender en este apasionante proyecto.